Camina mirándose los pies
porque piensa que el mundo le queda grande,
cuando es al revés.
Puede parecer frágil pero está llena de fortaleza.
A veces se siente sola, y aunque nunca lo diga,
yo sé que a veces lo dejaría todo porque acabase el día.
Tendríais que conocerla,
es capaz de que las flores florezcan en otoño
con tal de verla.
Las guerras no tendrían sentido si vieseis su sonrisa,
que hace salir al sol y bailar a la brisa.
Es de esas personas-milagro
que aparecen en tu vida como un rayo
y deseas que permanezcan
por lo menos, una vida.
Y estoy segura de que si hubiese una segunda,
o incluso una tercera,
buscaríamos la forma de encontrarnos.
Porque no necesito verla todos los días, ni todas las semanas,
para que cuando pase, nada haya cambiado.
Es como el árbol que echa raíces y permanece en el mismo sitio,
aunque el sol le queme,
la lluvia le moje
o la nieve lo enfríe.
Aunque ni ella ni yo somos de echar raíces
también nos gustan las excepciones.
Y supongo que esta es mi forma de darle las gracias.
Por aplaudirme cuando nadie lo hace,
por empujarme y animarme a ir a contracorriente
y sobretodo, por las veces en las que ella lo hace conmigo.
No creo en la eternidad,
ni en los siempres,
pero le prometo,
(aunque tampoco crea en las promesas)
que esto es lo más parecido a un para toda la vida,
y ella, a la hermana que siempre quise.
Tú, sí, que sé que lo leerás.
"Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio, que es bueno para mi salud. Pero nunca he oído a nadie decirle a un deportista: tienes que leer."
jueves, 27 de marzo de 2014
martes, 18 de marzo de 2014
Confesiones.
Un día escribo sobre la muerte. Otro sobre la vida. He empezado a escribir tantos relatos como los que he dejado sin acabar. Los domingos te echo de menos y los lunes de más. Firmo el divorcio con la dependencia emocional y soy feliz. A los dos días lo rompo. Decido pisar tierra pero soy inmune a la gravedad y fiel a las nubes.
Soy esa persona que podría empezar un maratón pero nunca acabarlo, porque la monotonía, lo lineal, me conduce a la desesperación. Igual es porque siempre la estoy esperando, a Felicidad, y ella no es mucho de repetir. Si no hay cambios deja de visitarme hasta que tenga algo nuevo que contarla.
A veces me dice que necesito estar sola y se va. Pero el caso, es que no estoy sola, porque llega Tristeza, que no le gusta ver a la gente desamparada y me hace compañía. Otras veces Ansiedad reclama atención y echa a Felicidad a patadas. Pelean entre ellas a ver quien aguanta más, pero Ansiedad siempre tiene ganas de quedarse y a Felicidad no le gusta discutir. Eso sí, me encanta cuando saca su mal genio y se niega a que la desalojen. Aunque al rato decida irse.
Así que, no es porque sea cobarde, que lo soy, sino porque hoy me escaparía contigo pero mañana no tendría ganas de verte.
viernes, 7 de marzo de 2014
(Re)conocer
Una vez oí que era mejor sentir dolor a no sentir nada.
Ahora que me pesan hasta los viernes,
que ya no pinto, ni bailo,
ni me paro mientras camino
porque siempre tengo prisa.
Ahora que no me escucho,
que no te escucho,
que me cansé de esperar.
Ahora que no me busco,
porque sé que ni yo puedo encontrarme.
Ya no contemplo las nubes,
ni trato de contar las estrellas.
Hace tiempo que me echo de menos,
que intento retroceder hasta el instante en que todo empezó a desvanecerse.
Ya no queda nada de lo que fui.
Ahora, que me levanto esperando la noche
y me acuesto con la intención de que pare el mundo.
No muevo mi timón porque el problema no es el rumbo,
soy yo.
Andar a contracorriente conlleva más esfuerzo.
Y menos reconocimiento.
Porque los "yo estoy contigo" tras las caídas
se han convertido en "te lo advertí".
Y la ilusión corrió tan fuerte que la perdí.
Ahora, cuando solo siento vacío,
pienso que la frase no tiene razón,
porque yo prefiero no sentir nada,
a sentir dolor.
Ahora que me pesan hasta los viernes,
que ya no pinto, ni bailo,
ni me paro mientras camino
porque siempre tengo prisa.
Ahora que no me escucho,
que no te escucho,
que me cansé de esperar.
Ahora que no me busco,
porque sé que ni yo puedo encontrarme.
Ya no contemplo las nubes,
ni trato de contar las estrellas.
Hace tiempo que me echo de menos,
que intento retroceder hasta el instante en que todo empezó a desvanecerse.
Ya no queda nada de lo que fui.
Ahora, que me levanto esperando la noche
y me acuesto con la intención de que pare el mundo.
No muevo mi timón porque el problema no es el rumbo,
soy yo.
Andar a contracorriente conlleva más esfuerzo.
Y menos reconocimiento.
Porque los "yo estoy contigo" tras las caídas
se han convertido en "te lo advertí".
Y la ilusión corrió tan fuerte que la perdí.
Ahora, cuando solo siento vacío,
pienso que la frase no tiene razón,
porque yo prefiero no sentir nada,
a sentir dolor.
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