que ya no sé qué pensar.
Cómo parar tantas ideas que bailan sin cesar en mi cabeza.
Gritan.
Exigen.
Se ilusionan.
Suplican.
Lloran.
Y me dicen:
la respuesta está en ti.
Olvidarme de ellas,
del ruido entre tanto silencio.
Y me dicen,
que están conmigo.
Valoro su fidelidad,
pero no las quiero escuchar más.
Y me dicen,
que pueden cambiar por mí.
Si les digo cómo.
Que si lo hago bien,
estaré feliz.
Que si estoy feliz,
estarán felices.
Y me animarán.
Con entusiasmo,
como un padre en el partido de fútbol de su hijo.
Como los fans de Andrés en un concierto.
Que mis días grises dependen de ellas.
Dependen de mí.
Decido domesticarlas,
como un pequeño hombre
lo hizo un día con un zorro.
Las escucho.
Les quito miedo.
A la soledad.
A la incomprensión.
Al existencialismo de las tardes de invierno.
Les quito miedo del miedo.
Y me van sonriendo.
Me dicen,
estamos contigo hasta el fin de tus días.
Y a pesar de mi vértigo por los parasiempres,
sonrío,
porque ni voy a vivir para siempre,
ni tendría sentido hacerlo sin ellas.